La dialéctica intimidación-apaciguamiento funciona igual en todas partes. La razón, la ley y, si fuere necesaria, la fuerza están del lado del Gobierno español. Pero este cede continuamente, lleva décadas haciéndolo, por temor a provocar una confrontación. Esta es la terrible disyuntiva que plantea el matón: o cedes o va a ser peor. En el caso del separatismo catalán la amenaza hoy es la declaración unilateral de independencia, apoyada por una parte de la población, minoritaria, sí, pero enardecida y determinada. A esta situación nos ha traído el rosario de cesiones que los gobiernos nacionales han hecho en aras del «apaciguamiento» del separatismo. Hubo que ceder en los dos estatutos; hubo que ceder en lo de Banca Catalana; hubo que ceder en las múltiples violaciones de la legalidad que se han ido cometiendo en la cuestión lingüística; ha habido que ceder en una cuestión económica tras otra: incumplimiento de los compromisos de déficit, concesiones en materias de transportes, de infraestructuras, abandono del Plan Hidrológico, rescates múltiples de un govern quebrado que encima está muy enfadado porque todo le parece poco, y un largo etcétera. Todo esto, conviene recordarlo, no son concesiones a «Cataluña», sino a una serie de gobiernos nacionalistas más o menos separatistas –corruptos e incompetentes por más señas– de espaldas a una mayoría silenciosa y acorralada de quien nadie se acuerda más que los gobiernos nacionalistas para multarla y hostigarla si rompe el silencio que le asigna el guión. Después de tantas concesiones, el separatismo catalán se siente fuerte y lanza bravatas: «Sí, esto lo he organizado yo. ¿Qué pasa?», vino a decir Mas cuando vio que nadie chistaba el 9 de noviembre. Y, efectivamente, no pasó nada.
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