domingo, 30 de noviembre de 2014

Los Errores de los Nacionalistas

1.-Inventan la Historia
2.-Separan para defender la casta
3.-Se creen mejores
4.-No son solidarios


1.- Deshaciendo equívocos y supuestos.

La gestión de los catalanistas durante tres décadas ha sido el mejor exponente de las políticas excluyentes con las que se han blindado. Tras la maraña de senyeras, banderas esteladas y proclamas del “derecho a decidir”, encontramos un oscuro panorama de corrupción, de endeudamiento y, finalmente, de estado de quiebra fáctica socorrida por el FLA (Fondo de Liquidez Autonómica del Estado). La tozuda realidad ha desprovisto a Cataluña del tradicional estereotipo de gestión moderna y eficaz. De la galería de fiascos forma parte el despropósito de las operaciones “políticas” que ha caracterizado los grandes proyectos financieros, energéticos y aeronáuticos que han urdido las élites catalanistas. Un análisis somero de estos proyectos revelan a las claras los objetivos y procedimientos de la NUEVA burguesía y casta autonómica catalanas –la burocrática y la de negocios-, que describen Emmanuel Rodríguez e Isidro López en su réplica (1) a los planteamientos de Gerardo Pisarello y Jaume Asens(2). Se trata de una burguesía especulativa y ligada a la corrupción. La familia Pujol puede ser un claro referente.

Es bastante común dar validez a la posición victimista de los nacionalismos “periféricos”. En la mayoría de las exposiciones históricas y políticas se da por supuesto un diferencialismo catalán cimentado sobre la acumulación de agravios y agresiones centralistas (centralismo y españolismo expresan lo mismo en el lenguaje catalanista). Así, se habla de la búsqueda del “acomodo”, “cohabitación”, “encaje”, “falta de afecto”, etc., de Cataluña en España, PARA compensar supuestos maltratos, malquerencias, incomprensiones y desafectos por parte española, COMO si se tratara de una “cuestión de género” o de una desavenencia matrimonial entre dos partes contratantes. Es sintomático que tal cuestión nunca se plantea en términos de ciudadanía democrática y menos aún de “patriotismo constitucional”.
Ese discurso construido por los catalanistas desde el Romanticismo hasta hoy ha sido siempre una reacción al triunfo del liberalismo y a la irrupción de la democracia y política de masas de principios del siglo XX. No es un discurso nada original ni singular, es parte del construido por todos los nacionalismos surgidos en las regiones ricas de los ESTADOS nacionales europeos formados en el siglo XIX, es decir, en el Norte geográfico y económico de unos mercados nacionales con fuertes desigualdades regionales, donde la existencia de un Norte rico contrastaba con la de un Sur pobre.
En Alemania entre los bávaros y en Italia entre los de Lombardía y el Véneto existe una literatura política, similar a la de los nacionalistas vascos o catalanes, que expresa un agrio rechazo con fuertes tintes racistas respecto a las regiones más pobres del Sur y a la mano de obra que fluía del mundo agrario tradicional a los centros de la industrialización localizados en las regiones en vías de enriquecimiento. Demógrafos, ideólogos, historiadores, políticos, justificaban el enriquecimiento del Norte económico como fruto de la laboriosidad, moral y capacidad de sus “pueblos” y explicaban el empobrecimiento del Sur por la haraganería, destemplanza, vicios e incapacidad de sus “pueblos”, de modo muy similar a como los publicistas colonialistas justificaban la sociedad colonial por el desorden moral, inferioridad mental y vagancia de los colonizados. La diferencia entre unos nacionalistas y otros (entre los periféricos españoles y los lombardos, por ejemplo) estriba en que en España el Estado liberal era lo suficientemente débil como para que los movimientos nacionalistas reaccionarios se convirtieran en “cuestión nacional”.
El victimismo y sentido del agravio de muchos industriales catalanes subsistió incluso en tiempos del franquismo, no porque el régimen fuera poco o nada respetuoso con la lengua y la cultura catalanas, sino porque, a pesar de que el régimen supuso el fin de la anarquía, el desorden social y la revolución que tanto les aterrorizaba, el franquismo, DESDE los años 50, dio unos primeros pasos de reglamentación del mundo laboral y del sistema de Seguridad Social, que dificultaba el despido, regulaba las bajas médicas, obligaba a pagar las correspondientes cuotas a los industriales, etc. Quienes se lamentaban de tal modo, hecho bien DOCUMENTADO, alegaban que tales prácticas propiciaban la holganza, vicios y propensión a la picaresca de trabajadores advenedizos, escasamente identificados con la laboriosidad e idiosincrasia del país. Se trata del mismo discurso del “déficit fiscal”, del “España nos roba”, etc., con el que se trata de desmontar o limitar el alcance de la fiscalidad redistributiva estatal.
Por ello, la posición de los nacionalistas catalanes sobre el “derecho a decidir” no es, en realidad, resultado ni de la opresión, ni del expolio ni de la “falta de afecto” por parte de los españoles ni del Gobierno central. Por el contrario, es ilustrativa del nacionalismo de región rica, que ha gozado de una posición privilegiada en el mercado español y de una posición de superioridad en su relación con otras regiones españolas. Por lo que se aboga es por el estatus diferenciado del rico, que no acepta COMER en la misma mesa que los pobres.
Un segundo equívoco, asumido por propios y extraños, es la identificación de Cataluña con la modernidad y la europeidad en contraste con una España anacrónica, atrasada y casi “africana”. Como es obvio, detrás de estos tópicos subyace una fuerte carga ideológica xenófoba. El supuesto de la europeidad y modernidad catalanas ha sido siempre una clave de la bóveda construida por la historiografía catalanista. Pero, hay también una historiografía española, subalterna de la catalanista, en la que Cataluña es el paradigma español de europeidad y modernidad. El derecho a decidir se presenta ante Europa justo en esos términos, asociados a los de un pueblo tolerante y democrático que se ve impedido de votar por un ESTADO intolerante y autoritario.
No siempre han casado del todo modernidad y europeidad con catalanismo, y menos aún éste con democracia. Con motivo de la celebración oficial del “mil.lenari de Catalunya” (de la Cataluña carolingia), el historicismo mitómano publicitado de forma apabullante desde el poder no cesaba de proclamar una europeidad originaria, desconocida PARA el resto de España, que servía tanto para situar los “orígenes europeos” en el Imperio carolingio como para remontar los “orígenes nacionales” a Guifré el Pilós (el Don Pelayo catalán). En realidad, se trataba de una Cataluña abans letre, pues no se conocían por aquel entonces ni el NOMBRE ni la cosa deCatalunya. El mil.lenari y la parafernalia del Premio Carlomagno fueron un utilísimo instrumento para conformar una identidad “nacional” catalana surgida a lo largo de la Edad Media. La “formación nacional” se remitía a una ideología medievalizante y feudalizante, ajena y alejada de la Europa moderna, de la modernidad y de las revoluciones liberales.
Esa escuela historiográfica, de cuño romántico conservador, ha tenido su correlato en la historiografía “castellana” (caso de Vicente Cacho Viú y muchos otros), que, pese a las evidencias y a la historiografía catalana crítica, ha considerado a Cataluña reducto casi exclusivo en España de la modernidad europea, receptora del positivismo, etc.
El grueso del flujo de movimientos ideológicos, sociales y políticos que confluyen en el catalanismo son reacciones al triunfo del liberalismo en España y no al conservadurismo español. Es más, en las colonias fabriles catalanas, uno de los motores de la industrialización en Cataluña, los industriales –como hace ya algún tiempo mostró Ignasi Terrades- crean estructuras de su idea “pairalista” del ESTADO, verdadero anhelo del pensamiento catalanista –un sistema protector en que no solo el trabajo, sino la vivienda, el consumo, la escuela, la capilla, el ocio…, están regulados y controlados por el industrial-. Aparte del atractivo del aprovechamiento de la energía hidráulica, había otros atractivos más estimulantes para ubicar las colonias fabriles lejos de Barcelona en las cuencas de los ríos Ter y Llobregat: la huida del desorden social, de los conflictos laborales, de los motines populares y “rebomboris” que acarreó la IMPLANTACIÓN del liberalismo en España. Desde entonces, la ineficacia represiva para contener el “desorden social”, del que Barcelona era su mejor exponente, la implantación de una fiscalidad estatal y la ausencia de políticas proteccionistas de sus negocios han sido para los catalanistas síntomas inequívocos de la ineficacia, el atraso y el parasitismo del Estado español. Nada tiene que ver su rechazo al Estado (España) con la modernidad.
Ese miedo a las clases subalternas, que alcanza al “forani”, al intruso, al inmigrante y a las perturbaciones políticas (asociadas a España) llega a nuestros días. Conviene recordar que fue precisamente en Barcelona donde las fuerzas de seguridad, las de la Generalitat, se EMPLEARON con una violencia inusitada contra los acampados del 15 M en la Plaza de Cataluña. La violencia desplegada está en línea con la exclusión política, social y mediática de las generaciones que pueden sentirse representadas por Loquillo, por los personajes de Marsé o los de Javier Cercas en Las leyes de la frontera.

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