martes, 12 de agosto de 2014

En Enero de 1997 «Es incomprensible que en una ciudad tan internacionalista como Barcelona el nacionalismo haya tenido tanto arraigo. Barcelona es hoy más moderna, pero culturalmente es más provinciana y menos universal, con un ensimismamiento debido al nacionalismo que concentra todas sus energías en lo local…».

En un encuentro de 22 de enero de 1997 Mario Vargas Llosa desgranaba recuerdos barceloneses que se remontaban a 1958… Recién llegado en barco, de camino a la Complutense, pasó cuarenta y ocho horas en una pensión del Barrio Gótico y fue recorriendo las Ramblas mientras leía el «Homenaje a Cataluña» de Orwell. Aquel mismo año, su cuento «Los jefes» ganaba el premio Leopoldo Alas, convocado por la editorial médica Rocas… No es extraño que se enamorara de la ciudad donde publicó su primer libro. Esa intensa relación editorial se consolidará en 1963 con el premio Biblioteca Breve por «La ciudad y los perros». Carlos Barral le llevó a conocer su casa en Calafell y el escritor peruano pasó el verano del 66 «trabajando duro» -esa disciplina estajanovista- en su novela «La casa verde»… Desde entonces, sus visitas fueron cada vez más asiduas, hasta que la agente Carmen Balcells se lo trajo de Londres para que se instalara definitivamente en la Ciudad Condal, donde residirá entre 1970 y 1974.

Momentos decisivos

Siempre que tiene ocasión, Vargas Llosa sitúa esos cinco años entre los más ricos e interesantes de su vida. En la Barcelona que hacía «boom»pergeñó capítulos de «La casa verde» y «Conversación en la Catedral». En sus pisos de Vía Augusta y la calle Osio de Sarrià tecleó «García Márquez: Historia de un deicidio» (1971), «Pantaleón y las visitadoras» (1973), «La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary» (1975) y el inicio de «La tía Julia y el escribidor».
De sus afinidades con una cultura catalana que no estaba todavía teledirigida por el nacionalismo, le gusta subrayar la fina ironía delJosep Pla articulista de «Destino»; el «genial y extraordinario» Gabriel Ferrater; Jaime Gil de Biedma, «tan eficaz empresario como poeta de culto»; el compromiso político de Vázquez Montalbán; los editores Castellet, Herralde y el entonces grafista Jaume Vallcorba; las escapadas a Perpignan con García Márquez y Ricardo Muñoz Suay para ver películas prohibidas; las conversaciones con Terenci y Ana María Moix, Juan Marsé, Javier Fernández de Castro, Félix de Azúa, Juan Goytisolo… En Barcelona, vivió momentos decisivos: dejó de fumar, vio nacer a su hija Morgana y, en 1971, rompió con el marxismo a raíz del «caso Padilla»…
En esa Barcelona setentera -como comentó a Xavi Ayén en «Aquellos años del boom»-, le sorprendió que muy poca gente conociera el «Tirant lo Blanc» que a él le descubrió Martín de Riquer. A Vargas Llosa no le hacen falta lecciones de literatura catalana. De las obras de las que se siente orgulloso, su edición en castellano de la novela de Joanot Martorell que prologó con la «Carta de batalla de Tirant lo Blanc».
En aquel encuentro de 1997, cuando Jordi Pujol, además de mandar en Cataluña, decidía gobiernos en España, Vargas Llosa lanzó un réquiem por la urbe abierta y cosmopolita: «Es incomprensible que en una ciudad tan internacionalista como Barcelona el nacionalismo haya tenido tanto arraigo. Barcelona es hoy más moderna, pero culturalmente es más provinciana y menos universal, con un ensimismamiento debido al nacionalismo que concentra todas sus energías en lo local…».
Inevitable parafrasear a Zabalita: ¿Cuándo se «jodió» la Cataluña abierta? En tres décadas de «corralito» político, el pujolismo ha devenido independentismo. «Ojalá me equivoque. Ojalá que el nacionalismo no llegue a estropear la vida cultural catalana», decía nuestro premio Nobel… En el engañoso «oasis catalán» de 1997 sonó provocador y hoy resuena clarividente. No se equivocó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario